Cuando algo molesta, solemos caer en uno de dos extremos: repetir lo mismo ignorando el dolor o dejar de entrenar por completo. Entre ambos hay muchas opciones.
Puedes bajar la carga y mantener el estímulo con más repeticiones, más control, pausas, un rango tolerable o una variante más estable. Usar menos peso no vuelve inútil la sesión.
Importa lo que ocurre durante la serie y también cómo respondes después. Una molestia estable no se interpreta igual que un dolor que aumenta, pérdida de fuerza, inflamación importante o síntomas neurológicos.
La idea es conservar todo el entrenamiento útil que puedas sin insistir en el gesto que agrava el problema.
Si hay traumatismo, dolor progresivo o señales de alarma, adaptar el ejercicio no sustituye una valoración sanitaria.
